Evitación,  la realidad está detrás de tus relatos

Gustavo G. Diez
29 junio 2022

Es sano buscar el placer y evitar el dolor. Es un fenómeno adaptativo, generalmente. Pero hay un tipo de evitación de orden psicológico problemática, que es intentar suprimir las experiencias internas no deseadas, como las emociones, los pensamientos, los recuerdos y las sensaciones corporales. Se cree que la falta de aceptación es la base de muchos problemas mentales, y da como resultado comportamientos de "escape", como el consumo de sustancias, el comportamiento sexual de riesgo o incluso las autolesiones deliberadas. No sabemos cuántas categorías de evitación podemos desarrollar, pero en "Mind and Emotions" de Mckay, Fanning y Ona, describen cinco tipos que quizás ilustre, de una forma práctica, el asunto.

Evitación cognitiva

Un tipo de evitación estrictamente "mental". Adopta muchas formas y todas ellas relativas a la actividad del pensamiento. Imaginemos un señor X, que mediante la elaboración de relatos construye su propio "metaverso" en el que puede aislarse, aunque sea "virtualmente" para no sentir dolor. El señor X, antes el niño X, creció como pudo, en un mundo demasiado duro para su entendimiento. Su pareja le deja y antes de asumir la simple realidad (ella prefiere a otro), fabrica un relato que le permite sostener la pena: "no éramos almas gemelas". Le echan del trabajo por una incompetencia y le cuenta a un amigo, que en realidad, la empresa no tenía los recursos necesarios para mantener los salarios. 

El señor X, después de perderse en sus propias fantasías protectoras, llega a la conclusión de que lo mejor es reconocer el dolor de la situación. Se somete a una deconstrucción necesaria.  Una pequeña muerte de las voces que guiaban sus decisiones. Una rotura de los "cimientos" que sostenían su vida y su identidad. Asumir la realidad fue volver a conectarse consigo mismo. Pero no encontró un ser radiante o un centro de paz, sino un océano de dolor antiguo y rancio, un llanto que le sacó, por fin, la voz. 

¿No es la preocupación, al fin y al cabo, un intento de protección? ¿Un intento de construir una predicción, indefectiblemente ficticia, que nos proteja, al menos, de la incertidumbre del futuro? El cerebro no soporta la apertura. Por eso se proyecta constantemente, generando relatos allá donde ve grietas, agarrándose a certezas, aunque sean absurdas, creyendo en cualquier estatua que le diga quien es o lo que ha "venido a hacer a este mundo", siguiendo cualquier moda que le permita sentirse sólido y aceptado. 

Evitación de situaciones

Nos mantenemos alejados de las personas, lugares, cosas o actividades que tienden a desencadenar dificultades emocionales. Uno puede tener un problema con alguien, a veces, alguien muy allegado, pero nunca se habla de ello. Puede ser una tarea que requiere mucho esfuerzo o determinación, y procrastinamos constantemente. 

La aceptación en este caso es un proceso mediante el cual podemos dar pasos asumibles para exponernos poco a poco a nuestros miedos. Obviamente, no es necesario romper "todas las barreras" o liberarse de "todos los miedos", pero sí quizás de aquellos que generan demasiada miseria. Que cada uno elija su camino.

Evitación protectora

El intento de evitar el riesgo y el peligro mediante conductas de seguridad excesivas, o el desarrollo de comportamientos supersticiosos con el objetivo de protegerse de acontecimientos temidos. Uso de amuletos, mantras, oraciones o acciones que puedan hacer sentir más seguridad ante lo desconocido. El perfeccionismo y la preparación excesiva de charlas o clases, también pueden ser una forma de evitación protectora. A la inversa, se puede intentar evitar el riesgo posponiendo una tarea o un acontecimiento temido.

Evitación somática

Íntimamente ligada a las anteriores formas de evitación, porque, al fin y al cabo, ¿dónde ocurren las sensaciones? El "abatimiento físico" de la tristeza, el "desasosiego en el pecho" del temor, el "vértigo visceral" de la angustia, o la "resistencia muscular" de la pereza, son ejemplos comunes de la inseparabilidad del estado mental y el estado corporal.

La evitación experiencial es una evitación de la experiencia de las sensaciones del cuerpo. Por ejemplo, cuando uno intenta adquirir un nuevo hábito aparecen resistencias. Andrew Huberman lo denomina "fricción límbica", una respuesta emocional que se contrapone al nuevo comportamiento. Esa fricción límbica está caracterizada por dos estados: la ansiedad o la apatía. En ocasiones, no incorporamos nuevos hábitos por no afrontar esas experiencias intensas de fricción. Existe también evitación somática a las sensaciones de esfuerzo cuando se comienza a hacer ejercicio, a la sensación de frío que va acompañada de pensamientos "catastróficos" que vaticinan un nuevo proceso gripal, a enfrentar un día cansado después de una mala noche, o a la sensación incómoda en una práctica de meditación.

Evitación por sustitución

Esta forma de evitación consiste en sustituir o ahogar una emoción angustiosa por otro sentimiento. Por ejemplo, sustituir la ansiedad por la ira. La ansiedad puede ser menos tolerable porque, de alguna forma, podría poner en riesgo la identidad. Por ejemplo, cuando a la señora Y se le dio la noticia de su despido, armó en cólera. El miedo y la angustia que realmente sentía, le hacía demasiado daño. Le hacía ponerse en contacto con su falta de estima. Un atracón de comida, alcohol o drogas es una forma "popular" de distraer y encubrir las emociones dolorosas. La insensibilidad de algunos profesionales de la salud o del trabajo social, forma parte del proceso de burnout de todos conocido.  Una forma de protegerse de la exposición tan intensa al sufrimiento ajeno.

La historia del señor X

Al igual que muchos de nosotros, el ego del señor X estaba constituido en la "mirada de otros". Era un "ego inmaduro", que buscaba la aprobación constante en la mirada de su madre. ¿Por qué no se desarrolló su ego naturalmente de la misma forma que lo hicieron las extremidades o los órganos? ¿Por qué sufrió tanto el señor X? ¿Por qué su falta de conexión? No hay una respuesta satisfactoria. Quizás fue su educación. Demasiado enajenante. De esas que moldean los cuerpos en la fragua, a golpe de martillo. Quizás fue una aflicción demasiado grande que vivió cuando todavía era un niño X, y donde la única vía que encontró fue la desconexión de un mundo desgarrador. En parte, sobrevivió, en parte, se perdió.

Siempre le ha gustado leer y ha soñado con dedicar su vida a la escritura. Ganó algún premio cuando era estudiante, pero la inercia de los días debilitó su creatividad. Se ha propuesto escribir dos horas todos los días. Ha sido uno de los más de dos millones de usuarios que han escuchado un podcast sobre el tema. Hoy es el primer día. Ocho de la mañana. Una pantalla blanca. La ansiedad le gobierna. Él no se da cuenta. Empieza a escribir nervioso la primera frase: "¿Cómo saber el sentido si todavía no he empezado a caminar?", pero enseguida la borra. Busca en internet: "mejor software para escribir" y pasa una hora leyendo artículos de blogs que hablan de los mejores programas para escritores. Se descarga uno de ellos y después de algunos problemas técnicos, aparece la misma pantalla blanca y desgarradora. La misma ansiedad. Si el señor X se diera cuenta de su propio estado, tal vez, se centraría en respirar, pues aunque él no lo sepa, sus costillas están rígidas y sus pulmones tienen un ritmo flácido y decadente.

De nuevo, el señor X. Lleva una semana intentando escribir. No ha escrito más de dos páginas, pero sabe mucho de software para escritores y ha ojeado varios métodos para despertar el escritor que lleva dentro. La motivación que experimentó después de oír al experto en hábitos, ha ido mermando y, hoy, el simple hecho de imaginar ponerse delante de la pantalla le resulta insoportable. "Hoy me lo tomaré de descanso", piensa mientras se prepara un café. En sus dos horas programadas para escribir, lee noticias vacías. La pereza le hace evitar la intensidad de su proceso y con el tiempo, la voz que le susurraba comenzar a caminar se pierde "entre otras voces".

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