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¿Homo sapiens u Homo «dopaminicus»?

Gustavo G. Diez
30 septiembre 2021

Tenemos tendencias compulsivas que escapan a nuestra razón. No estoy hablando de una compulsión patológica o inhabilitante, si no de un comportamiento compulsivo por obtener placer inmediato que genera un impacto negativo a corto, medio o largo plazo. Hay que tomar este hecho con ecuanimidad y cautela operativa. En nuestro sistema nervioso guerrean las tendencias apolíneas y dionisiacas. Una tensión entre la pulsión y la razón, entre lo que es deseable y lo que es conveniente. Y quién sabe, tal vez, la sabiduría se encuentre en el equilibrio o, por el contrario, en el camino del exceso.

¿Por qué deseamos comidas, relaciones o sustancias que sabemos son perjudiciales? ¿Por qué tanta resistencia a los cambios constructivos? ¿Por qué tanta fricción a escribir, si quiero dedicarme a ello? ¿Por qué es más atractivo ver Facebook, Instagram, una serie de Netflix o un periódico digital que leer a Kant o a Balzac, (por cierto, auténtico maestro en adicciones)? ¿Por qué es más fácil adquirir hábitos destructivos que constructivos?

No tengo respuestas pero sí reflexiones y puntos de partida para iniciar un camino de autoconocimiento que pueda aportar más claridad, y es lo que me propongo en este texto, si es que es de tu interés.

Sabemos que hay una molécula llamada dopamina que nos puede dar algunas ideas sobre esas preguntas. También, un complejo sistema neuronal, liderado por la dopamina, el llamado sistema dopaminérgico mesocorticolímbico, que está implicado en el aprendizaje por refuerzo, la creación de hábitos, el placer de la recompensa, el deseo o la adicción. Sus anomalías provocan trastornos psiquiátricos de amplio espectro, como el trastorno por déficit de atención e hiperactividad, conductas adictivas, esquizofrenia o depresión.

Quizás simplifico mucho la cuestión, pero me parece que hay dos factores fundamentales que impulsan las acciones humanas: las necesidades (comida, sueño, sexo, evitar el dolor) y las recompensas, y el sistema dopaminérgico mesocorticolímbico se llama también el sistema de recompensa. Estas estructuras se desarrollaron mucho antes de que el ser humano pisara la tierra. Son, por así decir estructuras pre-racionales, puesto que aparecen en los sistemas nerviosos antes que cualquier manifestación racional.

¿Cómo funciona la recompensa?

Las regiones del cerebro que componen el "sistema de recompensa" utilizan el neurotransmisor dopamina para comunicarse. Las neuronas productoras de dopamina del área tegmental ventral (ATV) se comunican con las neuronas del núcleo accumbens para "evaluar las recompensas" y motivarnos a obtenerlas. No es la recompensa en sí misma, sino la expectativa de una recompensa, lo que más influye en las reacciones emocionales y los recuerdos. El aprendizaje de la recompensa se produce en dos fases, que podría bautizar: uno «la fase de la impronta» y dos «la fase de la activación de la conducta y el refuerzo». En la primera fase, la dopamina se libera consolidando la conducta como medio para obtener la recompensa. Si la recompensa es mayor de lo previsto, la señalización de la dopamina aumenta. Si la recompensa es menor de lo esperado, la señalización de la dopamina disminuye y no se consolida la conducta. En cambio, predecir correctamente una recompensa no altera la señalización de la dopamina porque no estamos aprendiendo nada nuevo. En la segunda fase, la dopamina promueve el recuerdo de la recompensa y el acceso a la información de la conducta: «Deseo esto y sé cómo conseguirlo».

Pizza, cocaína y series

Hay una nueva pizzería al lado de tu casa. Un día llegas cansado y, por qué no, decides comprar una pizza. Resulta que es magnífica. El chute de dopamina habrá generado una nueva conducta. Es más, habrá reforzado una conducta en presencia de un estado físico: estar cansado. La liberación de dopamina también produce este condicionamiento operante entre «estar cansado» y «comer pizza». Es decir, en presencia de la sensación «estar cansado» se produce una liberación de dopamina que promueve el recuerdo de la recompensa: la pizza y el acceso a la información necesaria para conseguir el premio, como ir al restaurante. En este ejemplo además se produce un efecto «perverso». Estar cansado es desagradable. Tomarse una pizza da mucho placer. Es la solución perfecta a corto plazo para equilibrar tu estado, pero no adaptativa a largo plazo.

dopamine_algoritmalgoritmo_placerAlgoritmo de aprendizaje por refuerzo. Muestra las dos fases de aprendizaje por refuerzo del sistema dopaminérgico.

Las sustancias adictivas además provocan cambios en la función del sistema dopaminérgico. En una situación natural, la dopamina disminuye su concentración a medida que la persona ha adquirido la conducta que le lleva a la recompensa. En cambio, la cocaína, las anfetaminas o el alcohol generan, por diferentes mecanismos, una liberación de dopamina anormalmente alta y que no desciende con la repetición de la conducta. Lo que logra en algunos individuos un refuerzo brutal de la conducta. Es más, esta adicción provoca un estado de anhedonia, es decir, falta de placer por las pequeñas cosas de la vida. El cerebro cree que la única manera efectiva de conseguir placer es conseguir la sustancia. O sea, las sustancias adictivas "secuestran" las vías dopaminérgicas y la capacidad de apreciar el placer en lo cotidiano. Lamentablemente, la adicción no solo es producida por las sustancias adictivas que todos conocemos. El juego puede tener efectos muy importantes en el cerebro funcionales y al cabo del tiempo también estructurales. Y es que... ¡con las adicciones cambian los cerebros! También cada día es más sabido que las redes sociales pueden provocar adicción por el continuo refuerzo que conlleva mirar las actualizaciones y ver los likes de mi último post. Y, por supuesto, algunas comidas también. Sí, hay alimentos que pueden producir adicción.

brain_dopamine

Pero, ¿cómo me hago adicto a determinadas comidas? La clave es la palatabilidad, la sensación subjetiva de agrado que tiene una comida. Cuando esta es sabrosa tendrá una palatabilidad alta. Algunos investigadores han descubierto que la combinación de azúcares, sales, grasas e hidratos de carbono provocan una hiperpalatabilidad, es decir, alimentos irresistibles. Tal es el caso de la pizza. Se ha demostrado que estas comidas provocan respuestas en el sistema dopaminérgico similares a la cocaína, la nicotina o la anfetamina. También se ha demostrado que aumenta la velocidad de ingesta; comemos más rápido y más cantidad a la vez que disminuye la sensación de saciedad. Los alimentos no procesados, sin embargo, aunque no resultan tan palatables, no tienen este peligro de hiperpalatabilidad.

Este es el efecto perverso del equilibrio inmediato. Normalmente, los hábitos no saludables siguen un algoritmo sencillo de entender. En presencia de cansancio, agotamiento, angustia... en suma estrés emocional, el cuerpo busca regularse mediante algún tipo de conducta que rebaje de forma inmediata ese malestar. Y lo hace automáticamente, sin necesidad de tu consentimiento. ¿Has notado lo fácil que es mirar el móvil cuando estás angustiado? ¿Encenderse un pitillo cuando entra un mail cargado de urgencia? ¿Darse un atracón de series cuando uno se siente cansado? Es un intento de regular el estado, pero evidentemente, no es efectivo. Conseguimos placer inmediato pero con un coste muy alto a largo plazo.

algoritmo_placer

Restaurar el equilibrio. Como mecanismo de regulación se pueden elegir placeres inmediatos que no tienen por qué ser adaptativos a largo plazo.

¡Son los hábitos!

Pero, ¿cómo se construyen? Los hábitos forman parte de un complejo sistema de conducta humana. Podríamos decir que son acciones automáticas o semiautomáticas que tienden a perdurar. Efectivamente, hay hábitos adaptativos y hábitos que no lo son. Por simplificar las cosas: el día que fuimos por primera vez a la pizzería nueva, se activó una zona de nuestro cerebro que es la encargada de planificar y de llevar a cabo funciones ejecutivas: la corteza prefrontal. Una región que se activa en las conductas más conscientes y deliberadas. En el laboratorio vemos una gran activación de la corteza prefrontal en las personas que están practicando mindfulness. Este hecho nos hace pensar que mindfulness refuerza los comportamientos conscientes y deliberados.

La corteza prefrontal también está conectada con el área tegmental ventral. La dopamina refuerza este nuevo comportamiento. A su vez, el área tegmental ventral se conecta con el estriado, una región primitiva, perteneciente a los ganglios basales. Cuando repites la conducta un número suficiente de veces se vuelve automática, es decir, ya no necesita de la acción del córtex prefrontal para ser ejecutada. Insisto, ya no es necesario planificarla voluntariamente. El hecho de «estar cansado» libera dopamina en el estriado y este activa un circuito conductual. Como si fuera un maestro de orquesta independiente de la voluntad y el razonamiento, que dirige las zonas encargadas que activa una secuencia de movimientos que nos hace entrar en la pizzería y elegir de nuevo “una 4 quesos”. Estos automatismos son adaptativos, porque ahorran energía al cerebro, aunque, como hemos visto, también consolidan patrones que no son saludables.

¿Adiciones fatales? La corteza prefrontal puede tener la batuta

Buena noticia: el córtex prefrontal es un gran supervisor. Aunque las conductas sean automáticas hay una monitorización constante, hecho que nos permite ser conscientes de lo que hacemos, aunque a veces sea de forma muy parcial. La corteza prefrontal puede intervenir y poner orden. Si una conducta no es adaptativa, el córtex prefrontal dirigirá nuevas respuestas alternativas, que se automatizarán eventualmente si logran consolidarse mediante el sistema de refuerzo.

Pero a veces no es fácil. Hay conductas cristalizadas, grabadas con cincel en nuestras redes neuronales. Para revertirlas hace falta un buen tono prefrontal y perseverancia. En situaciones patológicas, cuando se ha producido un secuestro del sistema dopaminérgico, los efectos en el córtex prefrontal son sobrecogedores. Los estudios muestran una reducción del grosor de la corteza disminuyendo las probabilidades de construir conductas saludables. Si a esto le añadimos la anhedonia y el constante deseo producido por el sistema de refuerzo, el resultado puede ser dramático.

Aunque no nos vamos a quedar en las tragedias sino con las posibles vías para superarlas. En un próximo post abordaré cómo la corteza prefrontal será nuestra heroína, la que con la ayuda de la (misma) dopamina nos ayudará a crear nuevos hábitos que nos alejen de tragedias con nombres de adicciones tan fatales como la otra "heroína".

Antes de cerrar este post, quiero reparar en el problema al que nos enfrentamos con estas «reflexiones», que no es menor. Aunque son teorías aceptadas en la comunidad científica, no faltan voces disidentes o teorías alternativas. No entendemos los mecanismos del cerebro, considerado uno de los objetos más complejos del universo conocido, y entender la mente humana parte de un problema fundamental: ¿puede la mente conocer la mente?  Un ojo no puede verse a sí mismo. Necesitaría la reflexión de un espejo. Pero tal reflexión muestra un ojo plano que no tiene la riqueza del ojo crudo. Quedaremos convencidos de que, efectivamente, estamos examinando el ojo, pero lo que estamos estudiando, sin dar cuenta, es el espejo y no el ojo. El ojo es en el espejo, una ilusión formidable.


⇒ Este artículo es el primero de una serie que indagará en la mente humana, como vía de autoconocimiento. Si quieres que te avisemos cuando publiquemos otros, suscríbete a nuestros blog.

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