La crisis de sentido en la vida contemporánea

Gustavo G. Diez
8 octubre 2022

En el mito de Sísifo, Camus, arranca con un gancho a la mandíbula: 

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. 

¿Por qué, ante el sufrimiento diario, seguimos optando por vivir? O mejor aún ¿Qué sorprendente fuerza es la que nos hace seguir viviendo, pese a todo? ¿Por qué gana, en la mayoría de las ocasiones, la fuerza de la vida? ¿Por qué hay personas que se matan, cuando la vida ha perdido todo el sentido, y otras que mueren por la defensa de un propósito? ¿Y si nuestros propósitos y proyectos, aunque inundados de esperanza y vitalidad, fueran como el "trabajo de Sísifo", que arrastra una roca, cuesta arriba, para después dejarla caer, indefectiblemente, y comenzar de nuevo? ¿O no sigue, después de cada éxito, un momento de lucidez en el que uno sabe que la conquista no ha cumplido lo prometido, y ha dejado de nuevo, sin llenar, un vacío íntimo, para el cual trabaja mientras vive, solo para seguir llenándolo?

La obra de Camus sobrecoge por su estética. Las preguntas abren grietas necesarias en una época en la que la II Guerra Mundial se extendía como un fuego insaciable. En cierto sentido, Camus, puede ser confundido por un creyente. Por un desdichado enamorado que ha vivido el desgarro de la caída, y cuando despierta del trance del amor, pasa por un "desierto necesario", en el cual, su inalcanzable ideal, cae como una cortina de algas. Un personaje desengañado, que habiendo sido devoto de cualquier religión, ha dado cuenta del dominio férreo de las creencias, y echa en cara al mundo que le rodea, su imperdonable absurdez. Pero no. Camus está más cerca de la ciencia de lo que pudiera parecer. Revelar la absurdez del sentido de la vida es, en parte, liberar al ser humano de las cadenas del mito. La absurdez es un metasentido.

Hablar sobre el sentido de la vida es peligroso, ineludiblemente farragoso y ambiguo. Pues ha formado parte del ser humano, al menos, desde que tiene capacidad para escribir. Aunque se desarrolla en oriente y occidente con notables diferencias de forma, quizás, en el fondo, no se puedan diferenciar, pues el sentido de la vida surge de la misma necesidad humana. Es central en la filosofía, en el arte y en la religión, pero bastante problemático para la ciencia, quizás porque la ciencia, siempre tiende a apartarse de aquello que huele a mística. Y aquí le doy la razón a Popper, pues no se puede investigar un fenómeno si no es falseable. La actividad científica elabora teorías que puedan dar explicación a los fenómenos y posean capacidad de predicción. Además de ser corroboradas o refutadas mediante el ensayo empírico. Una buena explicación será sustituida por una mejor explicación. En ciencia, el desarrollo del conocimiento es continuo, actitud que contrasta con la implacable imperturbabilidad de las "grandes verdades religiosas".

En el caso del sentido de la vida, la pregunta científica es del todo lícita. ¿Por qué es necesario para el ser humano que la vida tenga sentido? ¿No es más inmediato, evolutivamente, vivir sin un por qué, sin un para qué; ¿vivir sencillamente como bonobos, sin preocuparse demasiado por la coherencia de la experiencia, o el valor de los actos para el mundo? No me estoy preguntando por la verosimilitud de los diferentes planteamientos que han intentado dar sentido a las vidas humanas, sino por su necesidad. No me interesa si el mito es cierto. Me interesa por qué el ser humano necesita el mito. Y no me refiero solamente a los mitos clásicos que dieron sentido, alguna vez, a nuestros parientes europeos; por los mitos modernos, diversos y metafóricos, que moldean nuestro mundo. Al fin y al cabo, ninguna cultura es totalmente consciente de sus mitos.

No solo construimos el sentido. Somos primates reflexivos. La "única" especie que tiene la capacidad de reflexionar sobre el sentido de la vida. Esto nos hace tener un "metasentido", es decir, la certeza de que todo sentido es relativo, pues depende de la cultura y la experiencia del individuo, pero el sentido en sí es, o parece ser, una condición humana "innegociable". En "El hombre en busca de sentido", Viktor Frankl cuenta su experiencia en los campos de concentración. Estuvo en cuatro campos, uno de ellos, Auschwitz. Narra el final de las vidas de sus compañeros cuando perdían toda esperanza y sentido, y se dejaban morir. ¿Qué será esa fuerza que nos ata a la vida? ¿Por qué necesitamos dar sentido a los miedos, la ambición o la ira, a las circunstancias hostiles, a la muerte de personas queridas, o a la desgarradora mordida de la guerra y el odio del hombre? Frankl narra la desoladora pérdida de sentido:

Solía comenzar cuando una mañana el prisionero se negaba a vestirse y a lavarse o a salir fuera del barracón. Ni las súplicas, ni los golpes, ni las amenazas surtían ningún efecto. Se limitaba a quedarse allí, sin apenas moverse. Si la crisis desembocaba en enfermedad, se oponía a que lo llevaran a la enfermería o hacer cualquier cosa por ayudarse. Sencillamente se entregaba. Y allí se quedaba tendido sobre sus propios excrementos sin importarle nada. 

Esta "fuerza del sentido" es, en gran medida, más adaptativa que la verdad. Eso explica por qué un ateo confeso, puede, en circunstancias determinadas, pedir misericordia al dios de su infancia. Y haría casi cualquier cosa, que le permitiera no ser desgarrado por el sinsentido y el dolor del mundo. Preferimos, en definitiva, la información que nos aporte el "sentido" que necesitamos, al conocimiento de la verdad o las razones más verosímiles.

El hombre nada más que desea la verdad en un sentido análogamente limitado: ansía las consecuencias agradables de la verdad, aquellas que mantienen la vida; es indiferente al conocimiento puro y sin consecuencias e incluso hostil frente a las verdades susceptibles de efectos perjudiciales o destructivos. Nietzsche.

Es quizás por ello que los políticos buscan mensajes "altamente visualizables": ¿O no "toca la fibra" un discurso político, cuando moviliza, de alguna forma, los pilares de nuestro sentido vital? Ante el declive de las instituciones que han fabricado, tradicionalmente, el sentido de nuestra existencia, las "nuevas políticas" han ocupado el espacio y, como "ingenieros del sentido", intentan hacerse un hueco en las conexiones neuronales de los votantes. Incluso el marketing. Un calzoncillo no es una prenda protectora de testículos. Es una "prótesis identitaria". El sujeto que compra Calvin Klein, por poner un ejemplo demasiado conocido, se mira en el espejo, intentando disimular su vientre prolapsado, e imaginando que capta cierta magia prometida. Y como ha pagado por ello, sus testículos se convierten en unos super-testículos embebidos de una atracción irresistible. No se vende el producto, sino una forma de vida, altamente visualizable y atrayente. Los mejores vendedores han entendido que los seres humanos, una vez resuelven sus problemas más inmediatos, se alimentan de metáforas.

Hay quienes se refugian en filosofías orientales, y creen estar ajenos a este problema de fondo. El auge del misticismo oriental y las prácticas de meditación cubren, sin duda, una demanda muy real, como luchar por un fin superior, caminar hacia una trascendencia -que se vislumbra en la lejanía-, corazones que vuelven a palpitar con frases que llenan de sentido una vida que languidecía. Encéfalos, a veces vacíos de sentido autónomo, que se hinchan como esponjas en una charca de promesas: por fin la salvación, por fin la iluminación, por fin la libertad. Tal es la atracción del sentido, que cualquiera, podría dar su vida por la causa.

Hay una "crisis de sentido", una "guerra del sentido", que es fruto de sociedades abiertas -utilizando el concepto de Popper. Y es caro ser libre. Quien nace en el universo cerrado de un pueblo demasiado local, de esos que encuentran, por fin, un equilibrio perpetuo, y en el que se imita, generación tras generación, el mismo ritmo de las cosas, los mismos rituales religiosos y los mimos propósitos vitales. Cualquier "nuevo mito" es repelido por un "sistema inmune metafórico". En ese pueblo no se conoce el precio de la libertad.

Al menos, esa persona nativa conoce la atmósfera coherente y segura de un mito monolítico. En todo caso, aquellos individuos no sufrirán la "angustia de elegir entre metáforas", o el absurdo de saber que al fin y al cabo, toda metáfora es un cauce socavado en la tierra que conduce a aguas libres y desconocidas. Un cauce casual. Siempre podría ser de otra forma, quizás más amplio, o más efectivo, o menos limitante: más dinámico. Los niños de este pueblo ancestral crecen en paralelo, con idénticas ambiciones. Son niños-abeja que saben cuál es el espacio a ocupar en la colmena. El sentido vital será compartido gregariamente, y no cabe duda de la respuesta letal, que el grupo presentará ante cualquier cuerpo extraño, que ponga en peligro el equilibrio biológico del pueblo.

Pero si una persona de aquel confín del mundo decidiera salir de su paraíso compacto, tendría que atravesar su individualidad desoladora. Nuestro emigrante ha estado abrigado por un hogar. Sí, cerrado e inmutable, pero al fin y al cabo, hogar. Ahora, sale a la intemperie. Se enfrenta al metasentido, esto es, la certeza de que todo mito es accidental. Un duelo lacerante al dar cuenta de que la gran realidad cosmogónica de su pueblo ha detonado definitivamente. Sus cuentos infantiles se revelan vacíos, por no explicar, ni siquiera en parte, este nuevo mundo al que ha sido arrojado. El emigrante, siguiendo su pulsión adaptativa, desarrollará, en el mejor de los casos, una autonomía moral. ¿Qué necesita el feto cuando abandona su hogar cálido y seguro, al encuentro de una vastedad desconocida? ¿Qué necesitamos para emanciparnos de las ideologías-creadoras-de-sentido? ¿No serán siempre sustituidas por otras? ¿Es posible la autonomía?

No es extraño que surja un dolor crónico en el seno de nuestra sociedad abierta. Podría situarse en el raquis que la sostiene. ¿O no es "el sentido vital gregarizado" la base vertebral en la que se descarga el peso de cualquier civilización? La sociedad presenta una paradoja dinámica: aceleración y dolor. Es notable su celeridad en aumento. Desde que comenzamos el milenio se han agrietado grandes metáforas que daban sentido a nuestra existencia. Hoy todo se pone entre paréntesis. Una epojé catártica. Pero a la vez, quizás por el derrumbe de las estructuras, muchos huyen al subsuelo. Agarrándose a cualquier idea que les haga sentir más seguros. Cuanto más claras sean las características del "nosotros", cuanto más diferencial su lenguaje y su mitología de la de "ellos", cuanto más delimitado se presente al enemigo, más eficiente será la ideología. Se habla de polarización social, pero no hay dos polos. Hay múltiples. Una diversidad multipolar, que nos hace sentir extrañados, y sin un rumbo común. A menudo, el paraíso de unos se convierte en el infierno de los otros. Sísifo tiene que arrastrar con más fuerza su piedra, con más velocidad, en una aceleración creciente en cada iteración. Y nos preguntamos, ¿hasta cuándo sostendrá este cuerpo las sacudidas? ¿O es que son los últimos estertores de este cuerpo, que ha servido de tierra para una nueva complejidad?

El mito de Sísifo se ha transformado. Ya no es ese trabajador dominado por su necesidad, o ese navegante errante. Sísifo, hoy, es rico.

El síntoma está claro. Somos el emigrante emancipado de su pueblo, que no logra una autonomía ética. Cansado de buscar en sí mismo, cansado de pensar, se propone retornar a un lugar prehistórico extinguido. Hablo metafóricamente: el Homo sapiens que pobló esta tierra durante, al menos, 80 000 años, se ha extinguido. El animal que ahora somos tiene la añoranza de su pasado equilibrado, y parece reconocer, en las ideologías del momento, un vestigio de esperanza. Por eso su atracción definitiva. Cuando, por fin se enamora, y deja que los nuevos mitos colonicen su carne, se levanta poseído de un nuevo sentido que le hace comprenderlo todo súbitamente. Sus músculos se llenan de una nueva vitalidad, que interpreta ser efecto de su despertar místico. Se enfrenta a quien cuestione, siquiera, una fracción de su nuevo yo. Pero no deja de ser un feto despistado. El niño que acepta el caramelo: una promesa de felicidad, de equilibrio perpetuo, un útero que le proporcione una analgesia definitiva, en contraste a la realidad brutal e inasible de la realidad. Sin embargo, ya conocemos las fuerzas titánicas del cosmos. Y nuestra tierra, un micro-bio, dentro de un universo rodeado de dioses inconscientes e inertes. Mira el cielo nocturno y dime: ¿Acaso hay un hogar que dure para siempre?

El problema no es el sentido, pues defendemos que el sentido es necesario. El problema es aprehender un sentido único. Dejar que las fuerzas de la vida se agarren con toda su implacabilidad a las ideas, como si de su defensa dependiera la existencia inmediata. El problema es la lucha con todo aquello que niegue mi sentido. Es un problema de flexibilidad, no de fuerza. El problema es la falta de autonomía. Pero, ¿qué es necesario para desarrollar autonomía?

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